08 agosto, 2006

La selva nublada

Camino por el suelo mullido de la selva de niebla. Es la hojarasca inacabable la que hace muelle el sendero, mientras el túnel de vegetación me protege del sol tropical, abrasador a 2400 metros de altitud. Es la selva de nieblas, el bosque nublado, uno de los ecosistemas más misteriosos del mundo y uno de los que más he deseado desde hace tiempo.



El camino empezó a 1800 metros de altitud y a las ocho y media de la mañana. La ascensión ha sido cómoda y con buena compañía: me encuentro con Marcelina, señora de edad difícil de calcular, como siempre, pero en este caso más cercana a los sesenta que a otra cosa. Ella sube todos los días de la estación seca a su chacra, a su huerta, a trabajarla, a recoger el fruto paciente de la tierra. Son más de diez kilómetros de subida, y otros tantos de bajada, cada día, todos los días, entre abril y septiembre. El resto del año es difícil acceder a la chacra porque los caminos se embarran, los ríos crecen impidiendo su vadeo, y el hauico (las avalanchas de tierra) arrastra y arruina los senderos. Por fortuna, en esa época la producción baja, como si la naturaleza, sabia, no fuera capaz de dar castigo sin recompensa.

Marcelina sube sola, ligera, utilizando como bastón su machete de selva, y me habla de los frutos que produce, de la granadilla, de la palta, de las habas y la papa que consume de su propia cosecha. Me habla del daño que hace a veces en los cultivos el chancho silvestre, que es el pecarí, el pequeño jabalí de estas tierras de agua y calor ("chancho" es "cerdo" por acá). Me habla también del oso de anteojos y de cómo una vez lo encontró en su sembrado de choclo, que es el maíz, arrancando las mazorcas más maduras. Me dice que el otorongo, que es el leopardo, o sea el jaguar, habita más bien al otro lado de la sierra. Me habla de muchas más cosas, y de que es soltera por decisión ya que casarse "es cuidar a un marido", y cuando lo dice me traslado por un instante a la discoteca de Chanchamayo. No puedo evitarlo, y le felicito por su valentía.

Me despido de ella a unos 2300 m de altitud. Ella toma el camino de la izquierda, a la chacra, donde le espera un hermano, y yo el de la derecha, que enseguida me dejará dentro de los límites del Parque Nacional Yanachaga-Chemillén.

El bosque, selvático y silvestre, es siempre igual pero siempre distinto. Uno tiene esta sensación continuamente en la selva, como si el verdor impusiera su tiranía sobre el paisaje y sólo la sutileza permitiera diferenciar matices. Hace calor, sobre todo por el esfuerzo de subir, pero es llevadero por la sombra densa. Los bambúes de alambre lo enredan todo alrededor de la senda serpenteante, como si fueran cables de acero tendidos entre los árboles. Los helechos arborescentes parecen palmeras y montones de plantas se aferran a los troncos, a todos los troncos, buscando la luz apoyadas en ellos. Me dice Luis, el guardaparques, que ya han identificado unas 150 especies de plantas epífitas (las que crecen sobre otras plantas), y que el catálogo de plantas vasculares supera ya las 4000 para el total del parque (122000 Ha, uno de los más pequeños del Perú; Doñana tiene 70000 Ha;), pero que los del Missouri Botanical Garden, que están llevando a cabo el estudio florístico, calculan unas 6000 especies (en toda España hay menos de 10000).




Luis hace turnos de quince días a la entrada del parque, en el refugio "El Cedro", a 2400 de altitud. Normalmente pasa el tiempo sólo, día y noche, en mitad de la naturaleza, aunque ahora están los del Missouri de campaña y duermen con él. Me acompaña unos metros en el camino de subida, y vuelve para atender a un grupo de suizos que viene por detrás. Pude subir con ellos, pero mi decisión era contactar con el bosque nublado en solitario, en intimidad, él y yo nada más.

La senda sube hasta los 2750 metros, hasta el Abra de la Esperanza. En estas tierras, un abra es un collado, y este en concreto fue ganado macheteando en la pura selva virgen. La trocha por la que subo la abrieron los colonos tiroleses que fundaron Oxapampa, que querían ver qué había al otro lado de la sierra, tal vez para establecer nuevas fundaciones. No sé que pensaban encontrar, pero el hecho es que esta trocha sinuosa es la única mella que existe en toda esta reserva, completamente virgen, inexplotada, en parte inexplorada, una mella tenue por otra parte, totalmente invisible desde fuera.

Sigo ascendiendo, en principio sin intención de llegar hasta el final ya que dudo de tener tiempo para volver a tiempo de tomar el último colectivo de vuelta a Chanchamayo, pero a medida que subo me voy fascinando cada vez más, y en un momento dado, a unos 2600 m, decido que voy a intentar coronar.

El bosque sigue verde y sublime, las laderas son espesas, pero es difícil tomar fotos de paisaje. Cuando das con un punto de vista medianamente aceptable, has de tomar la foto, aunque sea mediocre, ya que unos metros más allá la visión no mejorará: las fotos sólo se pueden tomar a través de un agujero fortuito en el dosel. Un huaico reciente, después me dirá Luis que de la última temporada de lluvias, ha arrasado varias hectáreas de selva en una ladera, muy poca cosa para este paraiso infinito y, además, la cicatrización es rápida, como compruebo más arriba, donde los huaicos de distinas edades se multiplican al aumentar la pendiente. Se ven pocas aves, pero todas fascinantes, de colores vívidos, increíbles azules brillantes, pájaros carpinteros robustos como una gallina, aves de nidos colgantes y plumajes negros y amarillos. No veo tucanes, lástima, me dicen que los hay, ni monos, aunque me dicen que hay mono cholo (negro), que es alimento del águila harpía o águila monera. Tampoco la veo, supongo que es difícil en una extensión tan grande dar con el punto adecuado. Las mariposas y los insectos no son tan abundantes como en la selva media de Tingo María (600 m), pero aún asi logro ver una Morpho y algunas otras bellezas tropicales.



Mientras sigo ascendiendo, fascinado, intentando ser lo más consciente posible del lugar privilegiado que estoy visitando, la senda va haciendose más cerrada, siempre fácil de seguir. Los retazos de niebla vienen por lo alto de las cumbres y collados y caen a la vertiente por la que asciendo, que es la de sotavento, bañando el mar de verdor de tanto en tanto. La cordillera de Yanachaga es una de esas sierras menores que quedan descolgadas de los Andes, rodeadas de selva por todas las partes en los bordes de la Amazonía. Son lugares biológicamente privilegiados porque han sido refugios de flora y fauna cuando han llegado las glaciaciones en las regiones templadas, momentos en los que el centro de la selva amazónica se seca y se transforma en sabana, huyendo toda la biota del bosque hacia estas sierras laterales que actúan como verdaderas arcas de Noé megadiversas. La de Yanachaga, como otras, discurre paralela al eje central de los Andes, y yo estoy ascendiendo por la vertiente que mira a la gran Cordillera, dejando la Amazonía al otro lado de la sierra. Esto quiere decir que los vientos cargados de humedad suben por el lado opuesto al mío (barlovento) y descienden por donde yo subo (sotavento).

Es por eso que hasta casi los 2700 metros de altitud no noto el cambio. Un cambio que ciertamente no esperaba, creyendo que la sucesión de verdes, siempre igual, siempre cambiante, va a permancer idéntica hasta el collado. Y sin embargo, el bosque se transforma radicalmente en cuanto se alcanza el nivel en el que las nubes son casi constantes. Me dirá después Luis que, a barlovento, la niebla se echa encima a las ocho de la mañana. Todos los días del año. A sotavento (no hay senda por el otro lado), el efecto sólo se manifiesta al final, casi en la cumbre. El cambio es sutil, pero espectacular una vez manifiesto. Los musgos, abundantes en todo el recorrido, ahora lo cubren todo sin solución de continuidad. Troncos, ramas, suelo, piedras, hasta el mismo borde del camino. Sólo las hojas se libran del verde tapiz. A cambio, disminuye algo la densidad de bromélias y orquídeas epífitas. El bosque disminuye algo su estatura, en todo caso por encima de los 20 metros, y se abre ligeramente, perdiéndose en parte la maraña de bambúes y lianas, aún así abundantes. La niebla lo empapa todo, hasta el punto de que el musgo que tapiza los bordes del camino no es un musgo cualquiera: inmediatamente reconozco el esfagno (Sphagnum), el musgo de las turberas en Europa, cubriéndolo todo. Un musgo de lugares encharcados en Europa ¡hasta el borde del camino y en suelos secos! El conjunto resulta el lugar más misterioso que he visto en mucho tiempo, una espesura húmeda y cálida en la que no me extrañaría ver salir a un gnomo de debajo de algún tronco mohoso.




Culmino en el collado, en el Abra de la Esperanza (2750 m), a eso de las dos menos cuarto de la tarde. El lado de barlovento es un tremendo mar de niebla, y no consigo ver nada más que humedad y nubes, justo lo esperado, debajo de las cuales se debería extender la planicie amazónica sin solución de continuidad. Lástima, pero me dirá Luis que sólo es posible ver el panorama si se duerme arriba o se llega antes de las ocho de la mañana. La subida, aun suave, ha sido larga, con mil metros de desnivel y unos trece kilómetros en total que ahora tendré que desandar. Comienzo a dar cuenta del almuerzo, y es entonces cuando aparece Luis, el guardaparques, que venía siguiéndome sin yo saberlo, y a buena marcha deduzco. Compartimos el almuerzo junto al refugio del abra, y me explica que estamos en pleno territorio del oso de anteojos, que en los cerros junto al collado habita, que si se duerme en el refugio es posible verlo. Ya completamente hechizado, iniciamos los dos el descenso, sin mucha esperanza de llegar a tiempo para tomar el carro a Chanchamayo. No me importa, puedo dormir otra noche en Oxapampa y ha merecido la pena, pero la bajada es ligera (y ya no hago apenas fotos), con lo que a las cinco y media estoy de vuelta, justo a tiempo para ir a por la mochila al hotel y tomar el último colectivo, el de las 6 de la tarde, rumbo a Chanchamayo, desde donde he de partir a Lima el día siguiente.

Levantaré al día siguiente con agujetas, pero la jornada ha sido provechosa y queda para siempre en mi memoria este bosque de Yanachaga-Chemillén, uno de los lugares más extraños y remotos que he visitado.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me tienes recien llegado del pueblo babeando, jodío...
Esta narración del viaje a la niebla eterna me recuerda a un libro que leí este invierno comprado en la feria del libro antíguo: 'Escritos botánicos' de Celestino Mutis. Cómo se enfrentaba a la fascinación de la selva y describía lo que iba viendo desde su salida de Madrid en su viaje a América, describiendo concienzudamente desde su recolección en el Puerto de los Yébenes hasta sus excursiones con los indios por las selvas venezolanas y centroamazónicas, es muy parecido a tu manera de mostrar esta fascinación... te faltan los agradecimientos a dios y a su Majestad y lo clavas. Si es que nos hemos equivocado de siglo al nacer, jodío...
Besos desde un cuarto oscuro de Bravo Murillo...

Julio dijo...

Quien eres...? (me lo imagino)